¿Qué hace a Boquete, Boquete?
- Equipo de Redacción de BSC

- 29 ene
- 4 Min. de lectura
Boquete es, sin duda, un pueblo de montaña. Y sí, pueblos de montaña existen muchos en el planeta: con clima fresco, neblina bonita, paisajes verdes y esa sensación de que el tiempo baja la velocidad. Pero ahí es donde vale la pena detenerse un momento y pensar con sentido común: si hay tantos lugares parecidos en el mapa, ¿por qué Boquete se siente diferente? ¿Qué es lo que lo separa del resto? ¿Qué es eso que hace que, apenas uno llega, entiende que aquí hay algo más?

Porque Boquete no es una gran ciudad, ni pretende serlo (aunque a veces algunos sueñan con convertirlo en una). Y aun así, tiene algo que muchas ciudades envidiarían: está a menos de 30 minutos de hospitales que pueden atender prácticamente cualquier necesidad médica, públicos y privados, y además tenemos acceso relativamente cercano a un aeropuerto internacional. O sea, vivimos en un pueblo, pero no vivimos aislados. Tenemos montaña… con salida de emergencia. Suena ideal, ¿no?
Y luego está su gente. Boquete no es una postal vacía: es una mezcla curiosa de latinos con ciertas trazas europeas, nórdicas incluso, y una población originaria mayoritariamente Ngöbe que ha estado aquí desde siempre, antes de que esto fuera “destino”, antes de que aparecieran las palabras boutique, brunch y “real estate”. Ese mestizaje cultural es parte del alma del lugar, aunque a veces a algunos se les olvida que un pueblo no es solo el paisaje: es quién lo habita, quién lo trabaja, quién lo sostiene, quién lo conoce de verdad.

Y por si fuera poco, Boquete tiene algo que muchos repiten con orgullo (y con razón): el café Geisha, famoso por alcanzar precios récord y por poner a Boquete en el mapa global. Y la verdad es que ahí hay un punto importante que no siempre se dice lo suficiente: lo que hace al Panama Geisha ser quien es, no es solo el nombre… es el terruño. Y el terruño lo es todo: el suelo, el clima, la vegetación, el sol, la altura. Esa combinación rara de condiciones que se alinean aquí, en Boquete, y que permite esos perfiles tan especiales por los que el mundo entero se sorprende… y paga.
También tenemos restaurantes. Buenos, algunos. Elegantes, varios. Caros, también. Pero aquí hay una oportunidad de oro: siendo Boquete una zona privilegiada en producción agrícola, ¿no deberíamos estar celebrando mucho más lo local? ¿No debería ser lo nuestro —los ingredientes, los sabores, lo que se cultiva aquí cerca— el centro de la conversación y no un detalle al final del plato? A veces no se trata de “inventar” identidad, sino de reconocerla, cuidarla y exaltarla con orgullo.
Pero seamos serios: nada de eso por sí solo explica del todo el magnetismo de Boquete. Porque hay pueblos con mejor infraestructura. Hay pueblos con café bueno. Hay pueblos con restaurantes ricos. Hay pueblos con clima frío. Y aun así, no son BO.QUE.TE. ¿Entonces qué es?
Quizás lo que hace a Boquete, Boquete… es algo que no se puede medir. Algo intangible. Algo que no aparece en un informe, ni en un presupuesto, ni en una propuesta de “desarrollo”. Una especie de magia: una energía rara, oculta, imperceptible en el mundo material, pero evidente para cualquiera que ha respirado aquí un amanecer, que ha sentido el silencio de las montañas, que ha vivido el verde como si fuera un techo. Hay lugares que tienen belleza. Y hay lugares que tienen presencia. Boquete tiene presencia.

Y aquí es donde viene la parte incómoda: ¿será esa magia precisamente lo que ha atraído tanto interés, tanta presión y tanta destrucción? ¿Será que esa “energía” que hace a Boquete atractivo también es la que ciertos sectores quieren exprimir hasta dejarlo seco, mientras nos lo quieren atragantar como progreso y beneficio comunitario? Porque una cosa es mejorar. Y otra es invadir, saturar, deformar y vendernos la idea de que debemos aplaudirlo.
Boquete debe ser protegido. Por los boqueteños de toda la vida, por la comunidad Ngöbe, por los que han trabajado esta tierra generación tras generación. Pero también por los extranjeros retirados que vinieron buscando paz, y por todos los que tenemos el privilegio de disfrutar de sus bendiciones, aunque no hayamos nacido aquí. Porque al final, si Boquete se pierde, no importa tu origen: perdemos todos.
Y si hay personas que solo entienden lo material, lo relevante, lo que “vale”… entonces hablemos en su idioma: dinero. ¿Hemos considerado que por avaricia —y por un mal entendimiento de lo que hace a Boquete atractivo— estamos matando a la gallina de los huevos de oro? Porque cuando destruyes lo único que te hacía diferente, cuando conviertes un tesoro en mercancía, cuando tratas lo mágico como si fuera un lote… no estás avanzando. Estás cavando. Y después, cuando no quede nada, cuando el encanto se apague, cuando el clima cambie, cuando el caos sea normal, cuando la belleza se vuelva recuerdo, vendrán los mismos de siempre a preguntarse: “¿Qué pasó con Boquete?”
La respuesta será simple. Boquete no se perdió de golpe. Boquete se fue muriendo poquito a poquito… aplaudido como progreso.




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