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Del comedor de una pequeña escuela en Alto Jaramillo a cuatro comunidades: el proyecto boqueteño que hoy demuestra que otra forma de combatir el hambre sí es posible

  • Foto del escritor: Equipo de Redacción de BSC
    Equipo de Redacción de BSC
  • 16 abr
  • 6 min de lectura

En junio de 2022, en la Escuela de Alto Jaramillo, comenzó un experimento sencillo pero profundamente ambicioso: demostrar que una comunidad podía alimentarse mejor, desperdiciar menos y depender menos de la caridad.

La propuesta fue impulsada desde la Fundación Rescate de Alimentos como una respuesta comunitaria a una realidad que por años había afectado a muchas familias de Boquete: niñas y niños que llegaban a clases sin haber comido bien, madres sin herramientas ni apoyo y comunidades enteras dependiendo de ayudas temporales que rara vez resolvían el problema de fondo. La escuela estaba ubicada en una de las zonas más vulnerables del distrito de Boquete. La mayoría de sus estudiantes eran niñas y niños indígenas. Muchas familias vivían con dificultades económicas y, en ese momento, apenas un 30% de los estudiantes cumplía con un peso y talla adecuados para su edad.

Hoy, en el quinto año de implementación, el resultado habla por sí solo: más del 65% de esos niños y niñas presentan indicadores adecuados de peso y talla. Pero quizás lo más importante es que el proyecto ya no se quedó en Alto Jaramillo.

Este año, el modelo fue replicado en la Escuela Josefa Montero de Vásquez, la más grande del distrito de Boquete, y también llegó a San Miguelito, a las escuelas Amelia Denis de Icaza y Samaria Sinaí, además del comedor comunitario La Esperanza, en Samaria.

Inauguración del proyecto en la Escuela Josefa Montero de Vásquez.
Inauguración del proyecto en la Escuela Josefa Montero de Vásquez.

En Boquete Se Cuida sentimos un enorme orgullo de saber que una iniciativa nacida aquí, pensada por y para la comunidad boqueteña, hoy está transformando vidas mucho más allá de nuestras montañas.

Pero quienes conocen el proyecto de cerca insisten en algo: esto no se trata de caridad.

Se trata de sostenibilidad.


Mucho más que dar comida

El proyecto de seguridad alimentaria y sostenibilidad comunitaria funciona con una idea clara: aprovechar, rescatar y transformar.

Biodigestor Escuela Alto Jaramillo, Boquete.
Biodigestor Escuela Alto Jaramillo, Boquete.

Al menos el 70% de los alimentos utilizados provienen de alimentos rescatados: frutas, vegetales, granos y otros productos que estaban en perfecto estado, pero que iban a terminar en la basura por no cumplir requisitos comerciales o por excedentes de producción.

En un mundo donde ya se desperdicia más de un billón de toneladas de alimentos cada año, y donde en Panamá se botan más de 350 toneladas de comida todos los días, rescatar alimentos deja de ser un gesto simbólico y se convierte en una herramienta poderosa.

Pero la verdadera diferencia de este proyecto está en quiénes lo sostienen.

La Fundación Rescate de Alimentos decidió que la respuesta al hambre debía construirse junto a las mujeres de las comunidades: madres, mujeres indígenas, mujeres de áreas rurales y urbanas vulnerables, muchas veces jefas de hogar. Ellas son capacitadas para dirigir cocinas de rescate, identificar las necesidades de su comunidad, crear alianzas y encontrar soluciones usando los recursos que ya existen cerca.

“No es un proyecto que viene a decirle a la comunidad qué necesita. Es un proyecto que le da a la comunidad las herramientas para que pueda decidir y resolver por sí misma”, resume una de las integrantes de Boquete Se Cuida que ha acompañado el proceso desde sus inicios.

La propia Solimar Morales, una de las madres capacitadas en Alto Jaramillo, lo explica así:

“Es un proyecto que educa para la sostenibilidad y enseña cómo transformar lo que muchos creen perdido. Además, no solo se enfoca en los niños de la escuela, sino que también involucra a la comunidad y empodera a las personas que se involucran. Nos enseña que se puede vivir diferente y mejor con lo que ya tenemos.”


Las mujeres que transformaron una cocina en una red comunitaria

Uno de los pilares más importantes del programa ha sido formar a mujeres de la comunidad para que ellas mismas se conviertan en lideresas dentro de sus comunidades.

Iris González es uno de los ejemplos más claros. Comenzó como participante del proyecto en Alto Jaramillo. Recibió capacitación durante un año en cocina de rescate y aprovechamiento, viajó a Panamá para realizar prácticas y hoy es una de las mujeres que entrena a otras.


“Para mí lo que impactó mi vida personal fue que la fundación y la señora Helga creyeron en mí desde el primer día. Con la experiencia he podido entrenar a muchas mujeres y ser una líder en mi comunidad.

Gracias a ese trabajo, este año Damaris, quien fue entrenada por Iris, asumió como encargada de cocina en la escuela de Alto Jaramillo.

“No desperdiciar la comida es tomar conciencia de que en el mundo hay niños que pasan necesidades alimenticias. Todos podemos contribuir valorando los alimentos que tenemos y dándoles un mejor uso.”

Ese efecto multiplicador es justamente lo que hace distinto a este proyecto: una mujer capacita a otra, esa mujer forma a otra más, y poco a poco se construye una red de conocimiento y liderazgo que permanece en la comunidad.


Biodigestores, huertos y agua de lluvia: la otra cara de la sostenibilidad

El comedor escolar es apenas una parte del proyecto.

En Alto Jaramillo, y ahora también en las nuevas escuelas y en Samaria, el programa incluye un biodigestor para el manejo de residuos orgánicos. Todo aquello que antes terminaba en la basura ahora se convierte en gas para cocinar y en biofertilizante.

Ese biofertilizante se utiliza en los huertos escolares y comunitarios, se entrega a familias de la comunidad e incluso puede venderse para generar pequeños ingresos que ayudan a cubrir necesidades de la escuela.

También se implementó un sistema de cosecha de agua de lluvia. El agua recolectada pasa por un proceso de potabilización con calidad certificada, permitiendo que las escuelas tengan independencia de los acueductos rurales o urbanos.

Eso significa que, aunque falte el agua en la comunidad, la cocina, el huerto y el biodigestor pueden seguir funcionando.

Tanque del sistema de recolección de agua de lluvia.
Tanque del sistema de recolección de agua de lluvia.

En otras palabras: el proyecto no solo alimenta. También enseña a producir, a ahorrar, a cuidar el ambiente y a crear resiliencia.


El modelo que salió de Boquete y hoy crece

La expansión del proyecto no ocurrió por casualidad. Durante varias visitas a la Escuela de Alto Jaramillo, la Primera Dama, Maricel Cohen de Mulino, conoció de cerca el plan piloto desarrollado por la Fundación Rescate de Alimentos y las mujeres de la comunidad. Vio los resultados, conversó con las madres, observó el trabajo en la cocina, el huerto, el biodigestor y el sistema de agua, y entendió que no se trataba únicamente de un comedor escolar, sino de un modelo comunitario capaz de transformar realidades.

A partir de ese momento, el proyecto recibió el respaldo del Despacho de la Primera Dama, que decidió apoyar y potenciar su implementación en la Escuela Josefa Montero de Vásquez y en las escuelas Amelia Denis de Icaza y Samaria Sinaí, en San Miguelito. Gracias a ese respaldo, una iniciativa que nació en una pequeña escuela rural de Boquete pudo comenzar a crecer y llegar a cientos de niñas, niños y mujeres en otras comunidades del país.

La expansión del proyecto a la Escuela Josefa Montero de Vásquez representa un paso enorme. Allí estudian cientos de niños y niñas, muchos de ellos provenientes de familias de escasos recursos.

La directora del plantel, el magíster Aurora Rubio Flores, no duda en describir lo que significa esta iniciativa para la comunidad educativa:

“Es de gran satisfacción para nuestro centro educativo que la Fundación Rescate de Alimentos nos incluyera en este importante proyecto que permitirá brindarles a nuestros estudiantes una alimentación nutritiva adecuada, favoreciendo la concentración, el aprendizaje y el rendimiento escolar.”

La profesora Zayra Espinosa coincide:

“El fundamento del programa es crear un ambiente escolar saludable y una cultura de valores y sostenibilidad donde todos seamos conscientes de valorar lo que tenemos. Así transformaremos vidas.”

En San Miguelito, el modelo comenzó a tomar forma en la Escuela Amelia Denis de Icaza, la Escuela Samaria Sinaí y el comedor comunitario La Esperanza, en Samaria. Allí, además de alimentar a cientos de niñas y niños, el proyecto busca recuperar espacios comunitarios y convertirlos en lugares de encuentro, aprendizaje y prevención.

La voluntaria Alba, quien ha acompañado tanto el plan piloto como la implementación en Josefa Montero, lo resume con una mezcla de tristeza y esperanza:

“Es triste ver cómo se desperdician los alimentos en un mundo donde hay tanta hambruna. Pero no todo está perdido. Ver cómo este proyecto puede ser posible en todas las escuelas ha cambiado mi perspectiva de que nadie debe pasar hambre habiendo tanta comida que se desperdicia diariamente.”


Una lección para Boquete

Quizás la lección más importante que deja este proyecto es que el hambre no se combate únicamente con donaciones.

Se combate creando comunidad. Escuchando a las mujeres. Rescatando alimentos. Construyendo alianzas. Enseñando a producir. Apostando por el conocimiento y la organización.

El proyecto que comenzó en una pequeña escuela de Alto Jaramillo demostró que sí es posible construir una comunidad más fuerte, más autosuficiente y justa.

Y hoy, mientras ese mismo modelo comienza a crecer hacia otras escuelas y otros barrios, queda claro que en Boquete no solo nació una buena idea.

Nació una esperanza.

Y esa esperanza ya está echando raíces.


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